lunes, 10 de mayo de 2010

6° Domingo de Pascua

Jesús le respondió: « Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.
El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado.
Os he dicho estas cosas estando entre vosotros.
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.
Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.
Habéis oído que os he dicho: "Me voy y volveré a vosotros." Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo.
Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. (Jn. 14, 23-29)

ALABADO SEA JESUCRISTO POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS...
El amor trasciende todo entendimiento humano, se encuentra más allá de la lógica, de los métodos, del análisis, del razonamiento. El amor no tiene medida, no conoce el rencor y es capaz de atravesar toda clase de fronteras.
El amor de Jesús es infinito, y por tanto, promete que el Padre enviará el "Paráclito" en su Nombre, y vendrá en auxilio de aquellos que sean fieles a su palabra, aquella palabra que proviene de Dios Padre. Para ello es necesario que Él vuelva a su Padre...
La paz que proviene de Dios no es la paz que da el mundo, el Cordero ofrecido como víctima propiciatoria, sin mancha; sólo Él puede ser capaz de dar la verdadera paz, aquella paz que se da con generosidad, que es nuestro bálsamo en las dificultades propias de la vida, aquella paz que serena nuestro corazón, que es compasiva, misericordiosa. La paz de los hijos de Dios, no puede darnos lugar al temor, porque sabemos de quien proviene, ni más ni menos que de Aquél que venció a la muerte, resucitando al tercer día, para darnos vida en abundancia. Jesús, en este pasaje de las Escrituras, pone a prueba nuevamente a sus discípulos... Prometió que resucitaría y así sucedió, ahora les anuncia que debe ascender a los cielos, y que les será enviado el Espíritu Santo, que es fruto del amor filial entre el Padre y el Hijo.
Es así entonces que, desde aquel día, Él, ya no está físicamente entre nosotros sino que está "en nosotros", porque el Espíritu Santo sopla sobre todo bautizado, hombres y mujeres, que guardan la Palabra de Dios, y habita en ellos, para que conforme al mandato de Jesús, el enviado del Padre: "Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación..." (Mc. 16, 15), la Iglesia pueda cumplir con su labor evangelizadora, asumiendo su naturaleza misionera. Que así sea...

¡Paz y Bien!

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